“Hay amores que duran hasta para aquellos que no los vivieron”
Paco Ignacio Taibo II
Paco Ignacio Taibo II
A 40 años de uno de los sucesos que cimbraron a México en la segunda mitad de la centuria pasada, una reflexión obligada nos detiene y nos obliga a hacer el recuento de aquellos 123 días en los que México nació a su moderna democracia.
Si bien es cierto que la década de los 60 fue una década en la que los grandes movimientos sociales se gestaban y estallaban en el mundo, en México, comenzaba a abrirse una mirrilla al mundo, por la que infinidad de jóvenes se asomaron.
El contexto político y social de México presentaba diversos rasgos; por una parte, el gobierno de Díaz Ordaz conducía al país bajo un sistema paternalista y una rigidez propia del gobierno anterior, baste recordar los conflictos con Ferrocarriles Mexicanos, con los telefonistas, médicos y electricistas, y la solución que se les dio a estos.
No obstante, México se regocijaba con el llamado “milagro mexicano”, que mantenía la estabilidad de la economía, así como la tranquilidad del sector privado que durante el sexenio anterior habían regresado su capital y sus inversiones a México reactivando la economía y dando lugar a una incipiente clase media por un lado y por otro lado, también se hacia evidente la disparidad en la concentración de capital, pues para esa década, la mayor concentración de personas se encontraba en la capital y en el campo sus habitantes preferían emigrar a las grandes ciudades o ir al norte en busca del “sueño americano”.
En el mundo se gestaban movimientos contraculturales entre los jóvenes, Rusia realizaba viajes al espacio, en Francia los movimientos feministas provocaban revueltas y prevalecía el áspero ambiente de la Guerra Fría.
En México, Carlos Fuentes publicaba La Región más transparente, y en el arte iniciaba el movimiento de la Ruptura. Así mismos las universidades abrían el espectro de información para los estudiantes. La Revolución Cubana cobraba sus primeros frutos en la conciencia de los estudiantes mexicanos. Autores como Howard Fast y Julius Fucik, Julio Cortázar, Mario Benedetti, John Steinbeck y Ernest Hemmingway, Bradbury y Jesús Díaz, incendiaban las conciencias y agolpaban los ánimos de los estudiantes en las universidades.
El 23 de julio de 1968, estudiantes de la preparatoria Isaac Ochoterena comenzaron la batalla de rigor afuera de las instalaciones, la cual tomó dimensiones nunca imaginadas pues un grupo de granaderos acudieron a apagar el tumulto haciendo uso de la fuerza extrema.
Este conflicto, de cara a la celebración de la justa olímpica número XIX, próxima a realizarse en nuestro país, tomaba una otra dimensión, por lo que debía ser reprimido bajo el lema “Cualquier atentado contra los Juegos Olímpicos es simple y llanamente una traición a la patria”.
A partir de este momento los estudiantes reaccionaron ante la utilización de la fuerza brutal con la que actuaron los miembros del grupo de granaderos y tomaron las preparatorias 1, 2 y 3. El gobierno reaccionó enviando al ejército a la preparatoria numero 2, con lo que el conflicto se redimensionó. Miembros del ejército dispararon, el 30 de julio, una bazuka a la puerta de la preparatoria 1, destruyendo la antigua puerta de madera tallada de este lugar.
Al siguiente día, el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, desconcertado por la reacción de las fuerzas militares organizó una marcha pacífica que reunió de manera pacífica a estudiantes de la UNAM y del IPN, que caminaron desde Ciudad Universitaria, por la avenida Universidad hasta Félix Cuevas y de regreso, evitando el enfrentamiento con el grupo de granaderos que esperaban a los estudiantes en el Parque de los Venados. Mantenido en alto la consigna proclamada por Barrios Sierra; “Marchemos a mostrar nuestra discrepancia”.
El 31 de julio, se generalizó la huelga en la UNAM, IPN, Chapingo, la Universidad Iberoamericana, La Salle, el Colegio de México, el INBA y en algunas escuelas de provincia, en apoyo a los sucesos en la capital. Se conformó el Consejo Nacional de Huelga que para el 8 de agosto ya contaba con un Pliego Petitorio, en una labor casi titánica de acordar entre las escuelas en huelga los puntos determinantes para la solucionar del conflicto.
Con 6 puntos, el pliego petitorio representaba la visión de los estudiantes ante la reacción del gobierno. Así mismo, dejaba ver a una comunidad estudiantil organizada, conciente y perfectamente decidida a hacer valer sus derechos. El conflicto, fue el disparador de muchos aspectos en la vida social del país, por un lado era la punta del Iceberg que develaba la inconformidad contra el sistema no sólo de los estudiantes, sino también de aquellos habitantes concientes de los cambios, fue el despertar de una conciencia social colectiva.
El Comité de Huelga decidió informar y hacer partícipe a la población, informaron de manera objetiva la situación y conformaron brigadas que regadas por la ciudad, hacían labores de difusión de la información generada por los estudiantes. Así mismo buscaban apoyo moral y económico.
En Ciudad Universitaria, José Luis Cuevas y otros artistas, organizaron el Mural Efímero, que contradecía la escuela muralista de Orozco y Siqueiros. Manuel Felguérez, participó en los eventos culturales que fueron organizados al interior de la Universidad donde el teatro, la poesía, la música, y la pintura se dieron cita en los Primeros Festivales Artísticos que se realizaron en CU, Zacatenco, y en otros campus del IPN.
Asimismo, el arte fue piedra angular de este movimiento en las labores de difusión, pues estudiantes de Artes Plásticas de San Carlos, la Escuela de Artes Plásticas La Esmeralda y de la UNAM, quienes conformaron brigadas para la elaboración de propaganda política de carácter gráfico a favor del movimiento utilizando el taller de grabado.
El 27 de agosto se realizó una marcha en la que los estudiantes pedían el diálogo abierto con el gobierno. Acuden al Zócalo y en un hecho sin precedente reúnen una cantidad exorbitante de personas que asisten a apoyarlos estudiantes y padres de familia, algunos preocupados por la situación y otros consternados por las pérdidas de alguno de sus hijos en enfrentamientos anteriores. A la media noche, de Palacio Nacional, salieron tanquetas que buscaban retirar a los congregados que permanecían en la plancha del Zócalo.
Al día siguiente en una interesante jugada del gobierno, se pide a los trabajadores de las oficinas cercanas al zócalo que se reunían y con amenazas los hacen “manifestarse” frente al asta bandera y señalar su repudio ante los estudiantes por considerarlos traidores a la Patria. Sin embargo, los trabajadores apoyan el movimiento y mientras marchaban lanzaban consignas como “somos borregos”, a manera de protesta, haciendo referencia a que iban en contra de su voluntad.
El 18 de septiembre el ejército tomó las instalaciones de CU a las 10 de la noche y detuvo a 500 personas entre estudiantes, maestros, trabajadores de la universidad. Al día siguiente Barrios Sierra protesta contra la acción del ejército y dos días después surgió el enfrentamiento entre estudiantes y elementos de la policía en planteles del ejército al norte de la Ciudad en el IPN. Seis días después el ejército tomó las instalaciones del IPN en Casco de Santo Tomás, la Vocacional 7 y Zacatenco.
Para el 24 de septiembre se conformó la Comisión de Negociaciones entre estudiantes y representantes de gobierno. Seis días después el ejército desocupó la universidad y el primero de octubre se reanudaron las labores de investigación, administración y las actividades culturales. Sin embargo, el Consejo Nacional de Huelga decidió continuar con la huelga escolar y convocó a un gran mitin en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco.
Lo que pasó al siguiente día, lo conocemos: la matanza en la Plaza de las Tres Culturas.
Sin lugar a dudas, este conflicto no sólo develó la fuerza de la sociedad, también sentó las bases de un cambio en la visión de la sociedad en todos sus aspectos.
Para quienes lo vivieron, representó el acontecimiento urbano democrático más importante del Siglo XX.
Así mismo, 1968 fue un parteaguas en la vida social, política y cultural del país. Demostró que en México era necesario un cambio radical de fondo de la vida nacional. Abrió la perspectiva sobre el arte, la cultura, el conocimiento y la conciencia en México.
Teatro
En el teatro, tomando elementos propios del teatro de Salvador Novo, Xavier Villaurrútia, y Rodolfo Usigli, surgió durante los 50 el teatro universitario y la carrera de Literatura Dramática y Teatro de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Los tres, junto con Celestino Gorostiza, formaron importantes generaciones de actores, directores y dramaturgos y gracias a ellos el teatro mexicano comenzó a adquirir personalidad y a tratar problemas propios tomando como punto de partida la realidad del espectador a quien va dirigido.
En el teatro, tomando elementos propios del teatro de Salvador Novo, Xavier Villaurrútia, y Rodolfo Usigli, surgió durante los 50 el teatro universitario y la carrera de Literatura Dramática y Teatro de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Los tres, junto con Celestino Gorostiza, formaron importantes generaciones de actores, directores y dramaturgos y gracias a ellos el teatro mexicano comenzó a adquirir personalidad y a tratar problemas propios tomando como punto de partida la realidad del espectador a quien va dirigido.
El cambio social y cultural en México durante los 60 y después del movimiento de 1968 fue el resultado de una revolución silenciosa gestada en universidades y centros de estudios, así como de las propias manifestaciones artísticas que venían dándose desde la década anterior. Es por ello que aunque se retomaron elementos clave del teatro de Usigli, Novo y Villaurrútia, el nuevo teatro despuntó con una temática diferente y propia, alejada de rasgos europeos que predominaban en el teatro de los años 20 y 30.
Es por esto que nombres como Emilio Carballido, y obras como Rosalba y los llaveros (1950); Luisa Josefina Hernández, Los frutos caídos (1957); Héctor Mendoza, La danza del Urogallo múltiple (1970) y Sergio Magaña con Los signos del zodíaco (1951) y Moctezuma II (1954), fueron nombres comúnes, sus obras inauguraron un nuevo ciclo en el teatro mexicano y el conjunto de de ellas es hoy modelo de creación, debido a su perfección técnica, libertad estructural, diversidad temática y profunda observación de su sociedad.
Esta generación de autores creó la necesidad de unos directores capaces de comprender y asimilar el universo planteado en las nuevas obras. Surgieron también directores innovadores y preocupados por la experimentación y el manejo de nuevos recursos escénicos, entre los que destacaron: Héctor Mendoza, Luis de Tavira, Julio Castillo, Ludwick Margules, José Luis Ibáñez y Juan José Gurrola. Emilio Carballido, Héctor Mendoza, cuya participación en el teatro se había dado a finales de la década de los 50 con Las cosas simples contribuyó enormemente a la renovación de las puestas en escena con la obra Don Gil de las calzas verdes, que años después fue montada en Ciudad Universitaria con actores que circulaban en patines por el escenario. Con ello se convirtió en uno de los directores de escena más importantes de la década.
Históricamente, un hecho marca el rumbo en el teatro mexicano y es que con la llegada a México del director teatral japonés Seki Sano, alumno de Stanislavski, y su montaje de Un tranvía llamado deseo, del autor estadounidense Tennessee Williams, supuso una influencia de primera mano del realismo como técnica de dirección y actuación a partir de la cual se abrió el espectro a una generación de dramaturgos con un sólido conocimiento y dominio de la técnica teatral.
También destacan en el panorama teatral mexicano, Luis G. Basurto con El candidato de Dios (1987); Héctor Azar, Julio Castillo, Hugo Argüelles y Vicente Leñero, cuya obra Los albañiles (1964) está basada en las técnicas del teatro documento apoyado en sucesos sensacionalistas extraídos de los diarios o de la historia del país que luego recrea eficazmente en escena.
También destacan en el panorama teatral mexicano, Luis G. Basurto con El candidato de Dios (1987); Héctor Azar, Julio Castillo, Hugo Argüelles y Vicente Leñero, cuya obra Los albañiles (1964) está basada en las técnicas del teatro documento apoyado en sucesos sensacionalistas extraídos de los diarios o de la historia del país que luego recrea eficazmente en escena.
En el caso de Leñero y Argüelles destacó además de su producción teatral, la apertura de talleres y el seminario de creación artística encabezado por Leñero, así como las aportaciones de Argüelles como director de escena en diversas propuestas escénicas.
Destacan además los nombres de Óscar Villegas, hábil autor cuyas obras poseen una fuerza dramática impresionante; Willebaldo López, Pilar Campesino, Hugo Iriart, Jesús González Dávila, Óscar Liera, Juan Tovar, Víctor Hugo Rascón Banda, Sabina Berman, Leonor Zárate y recientemente, Hugo Salcedo, ganador en 1989 del premio Tirso de Molina por El viaje de los cantores.
Cine
La producción cinematográfica en México en la década de los 60 se centraba en pocas figuras: Mauricio Garcés, y las figuras emblemáticas de la época del rock, Angélica María, Julisa, César Costa, Manolo Muñoz y Enrique Guzmán.
La producción cinematográfica en México en la década de los 60 se centraba en pocas figuras: Mauricio Garcés, y las figuras emblemáticas de la época del rock, Angélica María, Julisa, César Costa, Manolo Muñoz y Enrique Guzmán.
Por otro lado, el cine independiente ya había comenzado a dar grandes pasos, pues con la creación en 1963 del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, CUEC, y con el I Concurso de Cine experimental en 1965 y 1967 se abrió la puerta a talentos como Juan Ibáñez, Arturo Ripstein, Rubén Gámez y Alberto Isaac.
Un año después del movimiento, el cine comenzó a dar frutos interesantes, con el inicio del rodaje de Mictlán, ópera prima de Raúl Kramffer, y producida por el CUEC, surgió la primera incursión universitaria en el cine de ficción. En ese mismo año Alfonso Arau dirigió su primer largometraje El Águila descalza y Jaime Humberto Hermosillo inició el rodaje de Los Nuestros bajo el esquema de producción independiente.
Asimismo, Arturo Ripstein, inició el rodaje de La hora de los niños, primer producción de la Compañía de Cine Independiente. Con la filmación de El Topo de Alejandro Jodorowsky, se consagraron las producciones independientes, y esta producción se convirtió en una cinta de culto.
El Grupo de Cine Independiente fue creado por iniciativa de algunos cineastas entre los que se encontraban Rafael, Castañedo, Pedro Miret, Arturo Ripstein y Federico Cazals, y su propósito era crear cine de autor sin concesiones a la autocensura o al mercantilismo de la taquilla.
Para 1970, se inició el rodaje de Reed Mexico Insurgente, de Paul Leduc, de producción independiente. Con Luis Echeverría como primer mandatario nacional y con Rodolfo Echeverría, hermano de éste, como titular del Banco Nacional Cinematográfico, se anunció el Plan de Reestructuración de la Industria Cinematográfica, que buscaba sanear financieramente la industria cinematográfica responsabilizando al Banco de las labores de producción, distribución, promoción, exhibición y capitalización de la producción cinematográfica.
De cierta forma, el panorama del cine en México se orientó a crear producciones que explotaban la creatividad; debido en gran parte a la carrera artística que respaldaba a Rodolfo Echeverría, quien tenía presencia en el cine y había fungido como líder de la Asociación Nacional de Actores (ANDA).
Este cambio favoreció el relevo generacional en el cine mexicano, y alentó la el debut de quince realizadores, por lo que la producción creció importantemente en esta década. Así mismo, este apoyo también dio lugar a la participación del Estado en el cine con aportaciones de capital, lo cual dividió a los creadores. Por un lado en los que apoyaban la participación del Estado y otros como Jorge Ayala Blanco, que se reveló contra lo que llamó el oficialismo cinematográfico.
En septiembre de 1971, la Universidad Nacional Autónoma de México, incursionó en el cine y produjo su primer largometraje en 35 mm El Cambio, dirigido por Alfredo Joskowickz, y el Centro de Producción de Cortometrajes de los Estudios Churubusco inició actividades.
Alejandro Jodorowsky despuntó como productor independiente y de culto al filmar La Montaña Sagrada en 1972, y estrenar la cinta Fando y Lis, en el mismo año. Arturo Ripstein inició el rodaje de la cinta El Castillo de la Pureza y se estrenó una producción de Roberto Gavaldón, enlatada desde 1961, Rosa Blanca.
Federico Fellini apareció en el escenario nacional con el estreno de su cinta Satyricon. En esta misma década y en una muestra de la apertura y apoyo al cine se inauguraron las instalaciones de la Cineteca Nacional en 1974, con la proyección de la película El Compadre Mendoza.
Durante la década de los 70 Felipe Cazals filmó tres de las más importantes películas de la cinematografía mexicana, Canoa(Diosa de Plata 1976), El Apando y Las Poquianchis, culminando su obra con cintas como Los motivos de Luz, Las inocentes o Su Alteza Serenísima.
Manuel Delgado, Gabriel Retes, Julián Pastor y Jaime Humberto Hermosillo tuvieron una presencia importante con diversos filmes, que abrieron el panorama fílmico, dando lugar al estreno de Zabriskie Point de Michelangelo Antonioni, prohibida en 1971 por la Dirección de Cinematografía.
Durante el cambio sexenal al mandato de López Portillo en 1977, se creó la Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía, (RTC) con Margarita López Portillo al frente, repitiendo la fórmula del sexenio anterior. Sin embargo, los resultados no fueron positivos.
Completamente al margen de la administración de los hermanos Portillo, la Cineteca Nacional reforzó su papel como espacio reservado para el documental, los nuevos creadores y la vanguardia al organizar en 1977 la Muestra Internacional de Cine y en 1980 abrió por vez primera su Foro Internacional de la Cineteca. Canoa, durante este periodo de la historia la producción cinematográfica fue truncada debido al poco o casi nulo apoyo al cine; sin embargo, ya en la década de los 80, un grupo de actores fundó la Unión de Crédito de Producciones Cinematográficas, un organismo que surgió con la esperanza de mermar los estragos causados por la desaparición del Banco Nacional Cinematográfico. No obstante, la industria cinematográfica vio limitados los esfuerzos de la década anterior por impulsar la creatividad de las nuevas producciones.
En los 80, con Miguel de la Madrid como presidente de México, y la creación del Instituto Mexicano de Cinematografía,(IMCINE) hubo pequeños atisbos de cine de altura, un ejemplo de ello fue la cinta Bajo el volcán (Under the volcano), basada en la novela de Malcomm Lowry y última cinta de Gabriel Figueroa.
Paul Leduc filmó Frida, naturaleza viva (1982), con Ofelia Medina en el papel de la pintora mexicana, por lo que recibieron el Ariel por mejor película, mejor director, mejor actriz.
Lamentablemente, en la tarde del 24 de marzo de 1982 un incendio interrumpió sus logros y destruyó tanto las instalaciones como el material allí custodiado. Dos años más tarde, se inauguraron las nuevas instalaciones en la Plaza de los Compositores de la Avenida México-Coyoacán 389 se convirtió en la Cineteca Nacional. Se continuaron actividades como la Muestra Internacional de Cine, el Foro Internacional de la Cineteca, los ciclos temáticos y las retrospectivas.
Lamentablemente, en la tarde del 24 de marzo de 1982 un incendio interrumpió sus logros y destruyó tanto las instalaciones como el material allí custodiado. Dos años más tarde, se inauguraron las nuevas instalaciones en la Plaza de los Compositores de la Avenida México-Coyoacán 389 se convirtió en la Cineteca Nacional. Se continuaron actividades como la Muestra Internacional de Cine, el Foro Internacional de la Cineteca, los ciclos temáticos y las retrospectivas.
Los proyectos cinematográficos creados entre 1960 y 1980 fueron parteaguas en las producciones nacionales que si bien aún no se producen en la misma cantidad en la que se producían durante la época del Oro del Cine Mexicano, sí fueron producciones experimentales que exploraron con júbilo la psicología de la sociedad mexicana de ese periodo de la historia. Su alcance es notable actualmente al descubrir la apertura, la experimentación de nuevas propuestas y las temáticas.
Literatura
En la literatura, Los grandes consagrados en la década de los 50 y como antecedente del movimiento, Carlos Fuentes y la obra magistral de Octavio Paz causaban efervescencia, habían sido exportados a Europa y estaban a punto de ser los protagonistas del boom latinoamericano.
En la literatura, Los grandes consagrados en la década de los 50 y como antecedente del movimiento, Carlos Fuentes y la obra magistral de Octavio Paz causaban efervescencia, habían sido exportados a Europa y estaban a punto de ser los protagonistas del boom latinoamericano.
En 1965 comenzó a publicarse el Heraldo de México, un diario cuyas innovación al imprimir fotografías en color y el uso del offset para la impresión habían entusiasmado al público, como rasgo característico, cabe destacar que aunque el tinte de este diario era de derecha, brindaba un apoyo importante al rock, que por lo general era vetado en todos los medios.
También en este mismo año se editó El Sol de México, sin embargo, este mantuvo una visión parcial y muy al estilo provinciano. Fue también en 1965 cuando aparecieron las primeras escuelas activas. La primera de ellas fue la Manuel Bartolomé de Cósio, que establecido una nueva sensibilidad con las asambleas democráticas, el tuteo a los maestros y un sentido de libertad más amplio.
La literatura despuntó con autores como José Agustín, autor de la literatura de la onda con su libro De Perfil, Salvador Elizondo, con la novela Farabeuf que si bien dejaba en claro la intelectualidad exacerbada de su autor también proponía un punto de quiebre en la literatura al orientar la temática hacia el misticismo.
José Agustín, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, José Emilio Pachecho, Salvador Elizondo, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Oscar Lewis, Vicente Leñero, Elena Garro y Juan José Arreola. Sin embargo uno de los libros que tuvieron mayor impacto fue el del antropólogo estadounidense Oscar Lewis, quien siguió a una familia de Tepoztlán Morelos, en su camino a la ciudad, mostrando formas de vida y la “cultura de la pobreza”. La edición de este libro, por parte del Fondo de Cultura Económica provocó el despido del titular de este sello, por parte de Díaz Ordaz, por lo que la comunidad intelectual reaccionó y mostró su desacuerdo, pero fue Elena Ponitowska quien donó su casa de Gabriel Mancera con lo que dio origen a la Editorial Siglo XXI.
Así mismo, autores como Eduardo Lizalde con su libro Cada cosa es Babel y José Emilio Pacheco con El reposo de Fuego fueron pilares de la literatura. En 1966 Fernando del Paso publicó José Trigo, obra que abrió la colección de la recién creada Editorial Siglo XXI.
Estas novelas establecieron una conexión entre la alta cultura y la cultura popular dando un vuelco en la narrativa significando para los jóvenes una propuesta de identidad y despertando la conciencia como miembros activos y no pasivos de la sociedad.
Sin embargo, la obra de Parménidez García Pasto Verde fue una de las novelas más importantes de ese momento, pues desentrañaba el perfil de los jóvenes. En 1967 Gabriel García Márquez eclipsó al mundo con Cien Años de Soledad con lo que el boom latinoamericano, dio su golpe fulminante en América y el resto del mundo.
A partir del movimiento de 1968 la comunidad intelectual tuvo una presencia importante, con personajes como Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska, quienes en la coyuntura del movimiento fueron testigos y voceros de aquellas voces apagadas por la censura, la cárcel o el exilio.
Así entonces estos intelectuales formaron diversas publicaciones culturales que despertaron la conciencia sobre lo que sucedía en México, y especialmente a lo que sucedía en el extranjero. Las vanguardias europeas y el pensamiento liberal importado, elevaron la esencia de la sociedad.
El Arte
Culturalmente, la década de los 60 encumbró a la llamada generación de Ruptura, representada con autores como Manuel Felguérez, Vicente Rojo, Lilia Carrillo, Enrique Echeverría, Francisco Corzas y José Luis Cuevas, entre otros. Este movimiento y las propuestas de estos artistas plásticos sentaron las bases de proyectos futuros, donde el panorama artístico mexicano dio cabida a una generación de artísticas jóvenes que buscaban renovar la plástica mexicana mediante la labor experimental y de grupo. Esto les permitió crear y desarrollar nuevos medios de producción alejados de los soportes técnicos tradicionales.
Culturalmente, la década de los 60 encumbró a la llamada generación de Ruptura, representada con autores como Manuel Felguérez, Vicente Rojo, Lilia Carrillo, Enrique Echeverría, Francisco Corzas y José Luis Cuevas, entre otros. Este movimiento y las propuestas de estos artistas plásticos sentaron las bases de proyectos futuros, donde el panorama artístico mexicano dio cabida a una generación de artísticas jóvenes que buscaban renovar la plástica mexicana mediante la labor experimental y de grupo. Esto les permitió crear y desarrollar nuevos medios de producción alejados de los soportes técnicos tradicionales.
Los integrantes de esta generación olvidaron por completo la geometría tan en boga durante la década de los setenta y a finales de esta década formaron grupos de experimentación artística que dieron lugar a interesantes propuestas artísticas. En 1976 Grupo Suma, por ejemplo, con sus actividades en las calles y con la utilización de medios gráficos dejó, forzosamente, una huella en la obra individual posterior de sus integrantes, entre quienes se encontraban, Oliverio Hinojosa, Santiago Rebolledo, Paloma Díaz y Mario Rangel.
Por otro lado, el No grupo, en contraposición, representaba un rechazo tajante a la forma de trabajo, una de sus integrantes Maris Bustamante, quien hasta la fecha continúa con una ardua labor artística como museógrafa orientada a explorar las transdiciplinas.
Así mismo, el trabajo de creadoras como Nunik Sauret con su interés por las representaciones orgánicas, flores y frutos carnosos que comparten analogías con las intimidades femeninas. Los dibujos de Carla Rippey, casi hiperrealistas basados en fotografías de temática costumbrista con un tratamiento novedoso y de alta calidad. El rasgo símil en el trabajo de ambas creadoras es la vinculación de ambas con el dibujo, lo cual se expresa en la perfección en los trazos de cada una de sus obras.
Artistas como Adolfo Patiño, José Antonio Hernández y Jorge Yazpik, recorrieron los caminos del arte con obras tridimensionales que conjugaban objetos de la vida cotidiana. Patiño por su parte, incursionó en el ámbito artístico como fotógrafo, realizó diversos eventos y ambientaciones. Su trabajo fue interdisciplinario lo cual le permitió crear un lenguaje a través de sus objetos.
José Antonio Hernández, reunió diversos objetos en pequeñas cajas o adheridos a la tela, lo que en alguna forma lo vinculó aun con la pintura. Su mensaje se relacionó enteramente con motivos lúgubres y místicos, acentuados por el color oscuro de sus obras.
Jorge Yazpik fabricó su propio papel con el que conforman pequeñas construcciones asociadas a la arquitectura que con el tiempo desembocaron en creaciones que juegan con el espacio, que abordan el vacío y dan vida a nuevas formas que comunican y coexisten.
Por citar algunos nombres de esta generación que se gestaba a partir de diversos cambios y con un óptica diferente, encontramos a los hermanos Castro Leñero, Luis Argudín, Magali Lara, Mónica Mayer, Manuel Zavala, Gabriel Macotela, Luis Zárate, Julio Galán, quien utiliza el realismo en escenas sórdidas, ligadas a imágenes ingenuas.
El surgimiento y desarrollo de esta generación también delineó la ruta del arte mexicano en la actualidad. La apertura a las múltiples formas de expresión, en la pintura, la escultura, el performance, el teatro y la literatura. Dio lugar a la apertura de importantes espacios, a la obra la obra efímera y el uso de elementos no tradicionales. Es importante destacar que esta generación se volcó al trabajo artístico a partir del análisis introspectivo y se aleja de la crítica social.
1968 aceleró a la clase media y a la clase universitaria de nuestro país, política y culturalmente. Y es que la cultura fue uno de los espacios en los que se observó más rápidamente el impacto de este movimiento. No hubo esfera del pensamiento y la vida cultural de México que no respondiera a la necesidad de entender lo acontecido y dejar constancia de ello para las siguientes generaciones. Esto dio lugar a que documentales como los de Óscar Méndez, que se convirtieran en el memorial de las ideas que impulsaron al movimiento.
Los cambios en el mundo, la idea de la revolución y la necesidad de dar un vuelco a un sistema de gobierno asfixiante y represor fueron el blanco a derribar para la sociedad que de manera silenciosa buscaba un cambio democrático e incluyente.
Es importante destacar que el movimiento de 1968 fue el disparador de un cambio en la sociedad que si bien no se creó en los 123 días que duró el conflicto, sí explotó el 23 de julio de ese año. Los resultados de este movimiento no sólo fueron a nivel artístico y cultural, sino también político y social al lograr la participación democrática de distintos actores en la vida política del país. Con la creación del Instituto Federal Electoral, que dio voz y voto a la ciudadanía y la verdadera representatividad en el Congreso de la Unión.
Fuentes consultadas:
-Tragicomedia Mexicana I José AgustínEd. Espejo de México.
-Historia General de México Versión 2000Colegio de México.
-68Paco Ignacio Taibo II Serie del Volador.
-Historia general de la Revolución Mexicana Tomo: La Unidad NacionalJosé Valadez.
-La Era de la Discrepancia: Arte y Cultura Visual en Mexico, 1968-1997 Cuauhtemoc Medina, Álvaro Vázquez Mantecón, Olivier Debroise Turner/UNAM.
-Tragicomedia Mexicana I José AgustínEd. Espejo de México.
-Historia General de México Versión 2000Colegio de México.
-68Paco Ignacio Taibo II Serie del Volador.
-Historia general de la Revolución Mexicana Tomo: La Unidad NacionalJosé Valadez.
-La Era de la Discrepancia: Arte y Cultura Visual en Mexico, 1968-1997 Cuauhtemoc Medina, Álvaro Vázquez Mantecón, Olivier Debroise Turner/UNAM.


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