Entre los antiguos chinos, y particularmente en la aristocracia, el culto a los progenitores era una forma de vida.
Se tenía la creencia de que al morir un hombre, su espíritu seguía viviendo en las regiones superiores y tenía influencia en el destino de sus descendientes que seguían vivos en la Tierra; y para pedir la bendiciones de estos espíritus, le llevaban ofrendas de alimentos y vino en vasijas rituales de bronce profusamente ornamentados.
Cuando había épocas difíciles, las ofrendas podían ir acompañadas de oraciones especiales para invocar la ayuda de los espíritus.
Particularmente los reyes, hacían las ofrendas mas majestuosas a sus antecesores y a los dioses, a menudo buscando favores para la comunidad, así como para tener éxito en las batallas o una cosecha abundante.
Al morir el rey, en ocasiones se sacrificaban sirvientes y guardias para que le siguieran prestando sus servicios en el otro mundo; una práctica sumamente sangrienta, que con el tiempo fue cayendo en desuso.

