Diego María Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez, perteneció al grupo de los tres grandes muralistas mexicanos. Destacó por una gran sensibilidad social y una clara interpretación plástica de la historia y tradiciones mexicanas.
Nació en 1886, en la abigarrada cidad de Guanajuato. Dos años más tarde, su familia se trasladó a la capital, y cuando él tenía diez años ingresó a la Academia de San Carlos, de la que salió sumamente descepcionado en 1902. También sufrió las imposiciones clasicistas de la Academia.
Luego de una exposición de su obra, fue becado por el gobierno y se trasladó a Europa. Ahí estudió las corrientes vanguardistas en España y Francia, y más tarde las técnicas renacentistas en Italia. Regresó a México en 1921, invitado por José Vasconcelos para que pintara en los muros de la Escuela Nacional Preparatoria. Para entonces, Rivera había absorbido del arte europeo todo lo necesario, había retomado de cada corriente y cada estilo aquello que podía servirle para crear el suyo propio. Tenía ya las armas. Era la hora de pintar.
Rivera inició en la Escuela Nacional Preparatoria, continuó en la Secretaría de Educación, en la Escuela Nacional de Agricultura, en el Salón del Consejo de la Secretaría de Salubridad, el Palacio de Cortés, el Palacio de Bellas Artes, el Palacio Nacional, el Instituto de Cardiología, el Hotel del Prado, el cárcamo del sistema hidráulico del Lerma, el Teatro de los Insurgentes, el Hospital de la Raza y los murales transportables Pesadilla de guerra, sueño de paz (1952) y Gloriosa Victoria (1954). A ello se suman los murales hechos en Estados Unidos, que comparados con los anteriores, no son muchos: en la Escuela Nacional de Bellas Artes de San Francisco, en el Instituto de Bellas Artes de Detroit, en el Centro Rockefeller y en la Nueva Escuela de Obreros de Nueva York. Esto en cuanto a la obra muralista. Otra lista similar sería la de sus obras de caballete.
En cada una de sus obras Diego dejó un mundo de simbolismo sumergido en la exuberancia de los cuerpos y el ambiente. El suyo no era un estilo de las características delicadas a la que el pueblo mexicano estaba acostumbrado, por el contrario, Diego supo darle un color vivo de sus murales que llenara la vista, la satisficiera. Las formas generosas de las plantas, los hombres, las mujeres de sus murales hacen pensar en aquel verso de Velarde en que se refiere a la Patria como una “alacena y pajarera”.
Como si la pintura no le mantuviera tan ocupado, Rivera incursionó en la política dentro del Partido Comunista de México. Se le acusó muchas veces de emplear su pintura para acrecentar su fama política y otras tantas por emplear su participación en el partido para promover su pintura. Diego ni se inmutaba: la política y el arte eran dos pasiones que dividían equitativamente su corazón y su tiempo. En todos los sentidos, Rivera, como los otros muralistas estaba compuesto de arte y controversia.
