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¡Pobre mancebo, pobre de ti, cuando la Xtabay conozca el camino que recorres cuando vuelvas de la fieta o cuando vas a ver a la que está en lo más adentro de tu alma!

¡Pobre de ti! La Xtabay es la mujer que buscas en todas las mujeres y la que no has encontrado en ninguna todavía. ¡Ay de ti, si la ves aparecer de noche delante de tus pasos!

Verás, si la ves, que es bella como tú no has podido imaginar que una mujer sea bella. Porque tú has podido imaginar que es como un rayo de luna que pasa por entre las hojas. Pero es más que eso.

Tú has podido pensar que es como una flor que se abre cuando amanece y que está mojada en el llanto de la noche, y perfuma como un incensario delante del dios; pero ella es más que eso.

Tú habrás podido soñar que tiene los ojos llenos de estrellas y que su frente es radiante como una nube en que se refleja el sol. Pero ella es más que eso.

Tú, pobre de ti, cuando la oyes nombrar te estremeces y dices dentro de ti: “Ella es, que me saldrá al camino.” Pero, ¡quiera tu suerte que la que temes y deseas no se ponga nunca delante de tus ojos! Porque la novia que hoy consume de amor tus noches y días, ya para ti ha de ser menos que una hoja seca que se hace polvo en el viento de tu memoria, y de ella no querrás saber ya nunca más. Porque cuando hayas visto a la Xtabay, te parecerá que conoces la vida por primera vez. ¡Pobre de ti!

Pon cuidado. Cuando vayas solo por el camino a la luz de la luna y debajo de las estrellas, el viento del Oriente soplará sobre ti y te hará sentir que floreces como el árbol bajo la lluvia. Entonces serás joven como si tuvieras tres juventudes, y la Xtabay, que te ha espiado, se te aparecerá.

Has de verla, toda vestida de blanco, resplandecer sobre la tierra. Verás sus largos cabellos negros y brillantes, y verás sus manos entretejerlos y peinarlos con la hoja del ramón; y verás sus pies así como dos pequeños pájaros que vuelan junto al suelo.

¡Desdichado! Y sentirás sus ojos clavarse en ti como dos flechas que no te puedes arrancar.

Desventurado de ti, porque no sientes miedo no dolor, sino locura de felicidad.

Ella se mostró a ti en el aire, apenas posada sobre una gran piedra o resbalando sobre la cerca del maizal, y fue delante de ti, como arrastrándote.

¡Ah, cuán ligero tú para correr tras ella, que te llama con la mano y te sonríe con la boca y te hunde el filo de sus ojos hasta lo mas dentro de tu raíz!.

Desaparece tras un árbol, y cuando te detienes y vas a reponerte, frotándote los ojos, ella aparece otra vez cerca de ti. Huye como un soplo, y tú la persigues como un suspiro.

Ella escapa como un colibrí y tú vas tras ella, como la punta de un dardo. ¿A dónde te lleva y adónde vas?

¡Ah, tú no lo contarás nunca, porque no has de volver! Jamás volvió nadie que la Xtabay haya seguido. Y todos los que la vieron, le siguieron. ¿En dónde están, que no vuelven? Nadie lo sabe, dicen todos.

Hay algunos que se han armado con su valor, como una coraza de cuero endurecido, y han llegado, en lo más silencioso de una noche clara, hasta el tronco de las ceibas, en donde vive la Xtabay, y han hecho sortilegio para hacerla salir y para interrogarla. Pero ella no ha venido a los que la llaman así, ni de otra manera.

Ella sale al camino del que va solo y es arrogante y piensa en un amor. Porque ése ha de seguirla irremesiblemente. Ella no llama al que sabe que no la ha de seguir.

En el fondo de la tierra, en donde las ceibas encantadas prenden sus raices, están cautivos los cientos de miles de mozos que la Xtabay se llevó. Si ellos recordase, que el mundo existe, tal vez volvieran a contarnos lo que nadie sabe, y nadie sabrá, porque ellos no vuelven nunca.

¡Libre seas del maleficio de la Xtabay, joven amoroso y feliz que no has podido resistirle! Si yo pudiera darte un talismán, te lo daría. He aquí que lo hay, pero no puedo dártelo.

Porque lo tiene sólo aquel que ha podido llegar a la Xtabay y arrebatarle una hebra de su cabello, porque entonces ella lo siguió como una esclava y él fue su dueño, y la mandó obedecer, y ella obedeció. ¿Quién es ese hombre? ¿En dónde está?

Búscale tú, si tienes fe; y encuéntrale, si tienes fuerza.

Pero, entretanto ¡desventurado de ti si en el camino has de encontrar a aquella que escapará como el humo y a quien tú seguiras como el viento; aquella que cuando te haga su cautivo, te parecerá que sale del tronco de una ceiba y en realidad no sale sino del fondo de tu propio corazón!

Las siete figuras aparecieron cerca de mí. Todas vestidas de bellas sedas; sus gestos eran ritmos, y sus aspectos armoniosos encantaban.

Al hablar, su lenguaje era musical; y si hubiesen sido nueve, habría creído seguramente que eran las musas del sagrado Olimpo. Había en ellas mucha luz y melodía, y atraían como un imán supremo.

Yo me adelante hacia el grupo mágico, y dije:

-Por vuestra belleza, por vuestro atractivo, ¿seréis acaso los siete pecados capitales, o quizá los siete colores del iris, o las siete virtudes, o las siete estrellas que forman la constelación de la Osa?

-¡No!- me contestó la primera-. No somos virtudes, ni estrellas, ni colores, ni pecados. Somos siete hijas bastardas del Rey Apolo; siete princesas nacidas en el aire, del seno misterioso de nuestra madre la Lira.

Y adelantándose me dijo, además:

- Yo soy DO. Para ascender al trono de mo madre la sublime Reina, hay siete escalones de oro purísimo. Yo estoy en el primero.

Otra me dijo:

Mi nombre es RE. Yo estoy en el segundo escalón del trono. Mi estatura es mayor que la de mi hermana DO. Pero la irradiación de nuestros cabellos es la misma.

Otra me dijo:

Mi nombre es MI. Tengo un par de alas de paloma, y revuelo sobre mis compañeras, desgranando un raudal de oro.

Otra me dijo:

Mi nombre es FA. Me deslizo entre las cuerdas de las arpas, bajo los arcos de las violas, y hago vibrar los sonoros pechos de los bajos.

Otra me dijo:

Mi nombre es SOL. Yo ocúpo un escalón elevado en el trono de mi madre la Lira. Tengo nombre de astro y resplandezco ciertamente en el coro de mis hermanas. Para abrir el secreto del trono en la puerta de plata y en la puerta de oro, hay dos llaves misteriosas. Mi hermana FA tiene la una, yo tengo la otra.

Otra me dijo:

Mi nombre es LA. Penúltima del poema del Sonido. Soy despertadora de los dormidos y titubeantes instrumentos, y la divina y aterciopelada Filomena descansa entre mis senos.

La última estaba silenciosa; yo la dije:

-¡Oh tú, que estás colocada en lo mas alto de los escalones de tu madre la Lira! Eres bella, eres buena, fascinadora; deberás tener entonces un nombre suave como una promesa, fino como un trino, claro como un cristal.

Ella me contestó dulcemente:

-SI.

Rubén Darío