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Tres mil años antes de nuestra era, el territorio que hoy ocupa el sur de la República Mexicana, Honduras, Belice y El Salvador, comenzó a ser ocupado por grupos humanos que, con el paso del tiempo, se convirtieron en una de las culturas mas esplendorosas de todo el continente americano. Su forma de vida, sus tradiciones, sus creencias, su arte y su religión irradiaron más allá de sus fronteras teritoriales e influyeron en otras culturas en forma definitiva. Ellos eran los mayas. Hoy es sinónimo de sabiduría, de inteligencia suprema y de un misterio que surge de los cenotes, se pasea por la selva y nos llama.

Los mayas han sido la causa de inumerables expediciones en esta zona tropical; y lo que se ha logrado rescatar de esta cultura, nos ha ayudado a vislumbrar su desarrollo.

Hay cuatro fuentes de las que se puede obtener información: las escritas, que reunen todo lo escrito en español como en la lengua nativa desde los siglos XVI, XVII y XVIII; las arqueológicas, que se refieren a las edificaciones y a la parte artística; y las étnológicas y lingüisticas.

El tiempo cumplía una función muy profunda en el ciclo agrícola, señalaba el futuro de los recien nacidos, sus días venturosos o de infortunio; y por supuesto, estaba íntimamente ligado a la religión y al ritual.

Por lo cual, uno de los logros mas importantes de la cultura maya fue el sistem calendárico que usaron y que provenía de los olmecas, dicha cuenta fue utilizada de manera casi absorbente en inscripciones calendáricas.

Cada periodo de tiempo estaba definido por la presencia de una deidad que lo regía.

Se marcaba el paso de los años por dos principales calendarios; el solar de 365 días, que se dividía en 18 meses de 20 días y 5 días de mal agüero, y el de 260 días llamado Tzolkin que constaba de una combinación de veinte signos con 13 numerales que se basaba en el ciclo de Venus y era adivinatorio. Además, fijaban sus fechas de acuerdo al cómputo lunar que conocían con exactitud.

Así observamos como un edificio construido en el periodo clásico, como es el llamado Caracol de Chichén – Itzá, continuó su uso como observatorio durante el Posclásico. La importancia de esta torre de 12.5 m de alto, que emerge encima de dos grandes plataformas rectangulares, consiste en que tiene en la parte superior una cámara donde hay unas aberturas cuadradas que miran al exterior y fijan puntos de observación astronómica, una orientada al sur geográfico y por medio de las otras dos pueden observarse las sombras en el equinoccio de primavera y otoño, lo mismo que la puesta de la luna en las mismas fechas.

También en el Castillo de Chichén Itzá, además de observarse las sombras en el equinoccio de primavera, notamos que las gradas están divididas en cuatro escalinatas de 91 cada una, lo que da 364 y 365, si se agrega la plataforma superior sobre la que descansa el templo. La pirámide tiene 9 cuerpos que multiplicados por 2 (puesto que es el número en que los divide la escalera en cada fachada) nos da 18, número de los meses del calendario; los tableros salientes que tiene cada cuerpo son 52 en cada fachada, equivalentes al siglo indígena tolteca.

Asociados al aspecto calendárico tenemos los rituales que acompañaban a estos eventos, donde los sacerdotes ofrendaban comida, animales o se efectuaba el sacrificio humano, siendo el más frecuente el sacar el corazón a la víctima, su cráneo iba a dar a la empalizada de los llamados Tzompantli, de origen al parecer tolteca.