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El movimiento muralista atravesó por diferente facetas e incorporó a artistas de distintas proveniencias y con diferentes destinos. Entre 1934 y 1940, debido a una serie de factores políticos nacionales, el muralismo entró en una etapa de reflexión. En medio de intensas discusiones entre los artistas sobre los caminos que debía seguir el muralismo, se fundaron la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios y el Taller de la Gráfica Popular, ambos intentos de darle continuidad a un arte comprometido con las masas obreras y campesinas.

La nueva orientación política asumida por el gobierno cardenista, así como una política interna y externa opuesta al fascismo, influyó en los pintores jóvenes que no habían participado directamente en la Revolución. Para éstos, la Revolución mexicana significaba un concepto más internacional, que no sólo abarcaba la lucha armada interna, sino que formaba parte de la revolución mundial. De este modo, “los artistas pensaron que la pintura mural recobraría su función primaria y, así, podrían vincularse a una lucha en la que no les había tocado combatir” . Ejemplo de esto fueron los murales -en cuya realización participaron artistas jóvenes- en el mercado Abelardo Rodríguez y en el Centro Escolar Revolución . Simultáneamente, los murales empezaron a ser incorporados a los museos como objetos de arte y, de acuerdo a Esther Acevedo, “como testimonio de que con el movimiento revolucionario se había alcanzado la cristalización de ese arte nacional”.

Al finalizar el régimen cardenista -cuya estrategia de desarrollo se había fundamentado en la participación o la incorporación de pequeños productores rurales y trabajadores urbanos- el nuevo gobierno adoptó la política de industrialización como alternativa de desarrollo, y en concordancia con los lineamientos establecidos por una alianza de intereses comerciales, industriales y antiagrarios. Esto trajo como consecuencia un distanciamiento de las reivindicaciones sociales que habían sido incorporadas en la Constitución.

A partir de esta etapa, la producción de murales aumentó considerablemente, por la necesidad oficial de darle un discurso plástico al nuevo rumbo desarrollista que aparentara la continuidad de la revolución y sus postulados sociales. Por su parte, la empresa privada aprovechó el prestigio alcanzado por este movimiento e inició el encargo de murales para la banca y hoteles. El objetivo fue presentar la imagen de un país civilizado y progresista, y de este modo atraer a turistas e inversionistas extranjeros; es decir, hubo una modificación en los contenidos de las obras, ya que estos murales omitían los aspectos de lucha revolucionaria que inicialmente había planteado el movimiento muralista. De esta manera, se comenzaron a realizar obras con un mensaje cada vez más común: aquel “que asienta un mensaje triunfalista y ambiguo a través de una galería de personajes históricos, elevados a una dimensión heroica por la versión oficial.” Esta situación paulatina e inexorablemente llevará al agotamiento de un movimiento que, en sus orígenes -como señaló Esther Acevedo- estuvo “lleno de entusiasmo, vitalidad y nuevas propuestas”.

Jorge González Camarena

Nació en Guadalajara en 1908, y murió en la Ciudad de México en 1980. Llegó a los diez años a la capital mexicana; en 1952 ingresó en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de San Carlos, donde estudió durante tres años. En 1929 trabajó en pintura y gráfica para la publicidad. Hacia los años cuarenta continuó con el dibujo comercial y se inició en la pintura mural, pasando a integrar la segunda generación de muralistas. Fue en esta etapa cuando realizó grandes lienzos al óleo y cera para diferentes edificios públicos, ente los que se encuentra lo que era el tríptico del Banco Mercantil. Hasta el año 1945 el artista no había tenido exposiciones colectivas o individuales. En aquel entonces era poco conocido y a partir de aquí desarrolló su obra mural, inserta dentro de la corriente indigenista ligada a la Escuela Mexicana de Pintura.

Realizado en 1945, el cuadro La industria, la banca y el comercio, constituye la parte central del tríptico ya que las otras dos partes se encuentran extraviadas. El tema central es la banca como sustento de la industria y el comercio, y establece una relación entre la producción y la distribución equilibrando las fuerzas productoras y distribuidoras. Respecto a este mural, Esther Acevedo señaló: “No hay un mensaje crítico del desplazamiento sufrido por los objetivos sociales y sí en cambio una loa”. Es una composición figurativa de colores fríos: sepias, ocres y grises, y de un aspecto pétreo y rígido que predomina en el cuadro y que se relaciona con obras posteriores del artista. Debido a sus grandes dimensiones -2.50 x 2.50 metros- estas composiciones se consideraron como obra mural; en realidad se trata de tableros y al no estar pintadas sobre muro han sufrido divisiones. Se conserva solamente la parte central de La Banca, también conocida como Mujer Montaña o La Montaña.

José Chávez Morado

Nació en Silao, Guanajuato, en 1909. Fue miembro del TGP. Formó parte de la segunda generación de herederos directos de los muralistas. En su obra el artista incorporó elementos populares “colocándolos en atmósferas elocuentes” Realizó obras murales en el Edificio de Ciencias de la Ciudad Universitaria, en el contexto de la integración plástica.

Juan O’Gorman

Nació en la Ciudad de México en 1905 y murió en la misma en 1982. Destacado arquitecto, se le considera precursor de los movimientos contemporáneos e instaurador del funcionalismo en México. Del Conde señaló: “Como pintor destacó por sus minuciosas y fantásticas creaciones en las que aparece lo popular del arte tradicional mexicano” . Entre otras técnicas, trabajó el mosaico de piedra natural -como recubrimiento exterior- de diversos colores; realizó murales al fresco y pintura de caballete al temple. Las obras más importantes se encuentran en la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria. Juan O’Gorman perteneció a la segunda generación de muralistas.

Desarrolló grandes alegorías dentro del muralismo, como en las pinturas del Puerto Aéreo Central, (Historia de la Aviación), realizadas entre 1936 y 1937, en las que el pintor representó fantásticamente la historia de la aviación. Aunque dos de los tableros fueron destruidos -en 1937-, se conserva el principal, que posee las cualidades pictóricas de Juan O’Gorman. Justino Fernández nombró a la técnica utilizada por el pintor como “fresco-seco”, ya que “se trata de tableros de madera preparada unidos imperceptiblemente, en los cuales las transparencias y el dibujo lucen y se unifican.”

Una de las obras importantes, realizada en 1941-42, se encuentra en la Biblioteca Gertrudis Bocanegra, en la ciudad de Pátzcuaro, Michoacán. A partir de una visión crítica, el pintor representó la historia de Michoacán en uno de sus momentos claves: el mundo precolombino, la llegada de los españoles y la obra civilizadora del obispo Vasco de Quiroga. En este caso, la obra de O’Gorman “está relacionada con la expresión de Diego Rivera”, como señaló Justino Fernández, por el tratamiento clasicista de las formas y la composición, “el empleo de la sección de oro y grupos de figuras en diferentes planos”, y la presencia de los retratos y anécdotas, elementos recurrentes e importantes en las composiciones de Rivera. Sin embargo, éstas poseen un estilo inconfundible y característico.

Una de las obras murales más importantes es la que Juan O’Gorman realizadó en la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria (1948-1952), edificio que se ha convertido en un símbolo de la Universidad Nacional y de la arquitectura moderna mexicana. Hay que destacar que en el caso de este mural el edificio entero fue concebido como una obra de integración plástica, y no se trató de encargar, como sucedió en la primera fase del muralismo, uno de los muros del edificio para ser ocupado por un pintor.

Manuel Rodríguez Lozano

Nació en la Ciudad de México en 1895 y murió en ella en 1971. Inició en 1910 su formación pictórica. A partir de 1914 vivió en París durante cerca de ocho años; allí se relacionó con la pintura de vanguardia. En 1921 regresó a México y exploró las posibilidades expresivas del arte popular. En 1932 el coleccionista Francisco Iturbe le encargó una serie de pinturas con el tema de la muerte de Santa Ana; éstas fueron terminadas al año siguiente y se ubicaron en la galería de la casa de Iturbe, pintando una inscripción alusiva sobre los muros y dos figuras humanas al fresco. Estuvo injustamente encarcelado varios meses en la Penitenciaría del Distrito Federal, donde realizó el mural La piedad en el desierto (1942). En ese mismo año, realizó también el mural El Holocausto.

Teresa del Conde lo señala como uno de los representantes más importantes de la vertiente lírico-subjetiva de la escuela mexicana que insistían en la necesidad de buscar la calidad plástica y los valores espirituales propios como objeto principal del quehacer pictórico, en oposición a la concepción de Siqueiros y Rivera, de hacer del arte un instrumento de crítica sociopolítica.

Miguel Covarrubias

Miguel Covarrubias nació en la Ciudad de México en 1904; falleció en la misma ciudad en 1957. Realizó estudios artísticos en su ciudad natal y fue becado a Nueva York en 1923, donde comenzó una carrera como caricaturista e ilustrador de las revistas Fortune y Vanity Fair; de ésta última llegó a ser el caricaturista principal, material que le permitió la publicación del libro The Prince of Wales and Other Americans. Becado por la Guggenheim Foundation residió en Bali, donde escribió The Island of Bali; poco tiempo después realizó la publicación ilustrada Mexico South. Su interés arqueológico le permitió a viajar por diversos lugares del mundo y paulatinamente lo convirtió en un etnógrafo empírico, llegando a colaborar con instituciones y museos norteamericano y a publicar una serie de libros, entre ellos, El Águila y el Jaguar y Arte indígena de México y América Central. Covarrubias fue director del Departamento de Danza del INBA y realizó escenografía y vestuario para ballets.

La obra de Miguel Covarrubias no contiene preocupaciones políticas o alguno de los temas que el muralismo comprometido adoptó, de tal manera que se encuentra totalmente alejada del muralismo revolucionario. Se ha escrito que “su pincel se puso al servicio de los intereses de sus patrocinadores: promover al turismo en México. Sus murales estaban destinados al turismo recreativo de los años cuarenta y a hombres de negocios dispuestos a invertir en el país.” Por otra parte, su obra mural expresó tanto lo autóctono como lo decorativo y se caracteriza por el dominio notable del color y por un fino sentido del humor.

Por encargo del dueño del Hotel Ritz, en 1937 Covarrubias pintó Una tarde de domingo en Xochimilco. Considerada una de sus obras importantes, en este mural, atractivo visual y cromáticamente, se representa una escena dominguera en donde aparecen diferentes grupos de la sociedad mexicana, mezclados con turistas extranjeros, situación que expresa la política propagandística y conciliadora de México hacia el los Estados Unidos. La temática forma parte de otra tendencia del muralismo mexicano, de señalar “lo propio” y las tradiciones en boga desde el siglo XIX .

En 1947, para el Hotel del Prado de la Ciudad de México pintó dos mapas murales: Mapa de la comunicación y México pintoresco. El primero, realizado sobre masonite, representa las riquezas naturales de México en donde se integran elementos propagandísticos con la tradición popular mexicana. En esta obra destaca el colorido profuso y, aunque las proporciones de las figuras no son realistas, sin embargo con esta desproporción logra una armonía y un dinamismo que refuerzan la intención de la obra. El segundo mural es similar al anterior en cuanto al contenido, aunque en este caso se trata de la representación de las riquezas culturales o populares. El manejo del color es exhuberante y plenamente armónico, y las figuras fueron trabajadas con gran cuidado y detalle.

En el Museo de Artes e Industrias Populares, Covarrubias realizó Mapa del arte popular mexicano, en 1951. La proporción, las figuras y los diversos elementos son manejados como en una página de revista: sólo a lo lejos es posible percibir la riqueza del color y es necesario acercarse para disfrutar del excelente dibujo y de los toques humorísticos que mezcla sutilmente. El dibujo es notable y cuidadoso, cada figura es trabajada hasta el último detalle. Sobre este mural se ha escrito que “el pintor toma a su país con acento ligero y totalmente alejado del muralismo revolucionario: se complació en presentar a los ojos fuereños como célebre cuerno de la abundancia con el que se le comparara poéticamente a México.”

Como antecedentes de los mapas murales que realizó en la Ciudad de México, se encuentran dos de sus obras más importantes: los mapas del continente americano, pintados al temple en 1940 para la Feria Mundial de San Francisco California. Actualmente se alojan en el Museo de Historia Natural de Nueva York.

Carlos Mérida

Carlos Mérida nació en Quetzaltenango, Guatemela, en 1891, y murió en la Ciudad de México en 1984. Recibió su formación en Europa y llegó a México en 1920, donde desarrolló la mayor parte de su obra artística. En 1922 fue ayudante de Rivera cuando pintaba a la encáustica en el Anfiteatro Simón Bolívar, también participó en el SOTPE. Según Justino Fernández, fue uno de los primeros muralistas y decoró la Biblioteca Infantil en el edificio de la SEP.

Entre 1927 y 1929 pasó una nueva temporada en Europa y a partir de entonces finalizó su participación con la escuela mexicana e inició una serie de etapas vanguardistas, en las que se enmarcan sus obras más importantes y representativas. Desde entonces, desarrolló minuciosamente la estilización hasta llegar a una abstracción libre y muy lírica, sin el rigor que impone el geometrismo, sino -como señaló Justino Fernández- dejando correr la línea y el color. En sus obras abarcó variados temas, desde los más abstractos hasta aquellos que le inspiraron las antiguas crónicas mayas. En 1949 decoró la Guardería Infantil del Edificio Multifamiliar y buscó incorporar la decoración a la arquitectura por medio de la cerámica.

Fermín Revueltas

Nació en Santiago Papasquiaro Durango en 1902, y murió en la Ciudad de México en 1935. Después de realizar estudios en Estudió en la ciudad de Chicago, regresó a México en 1919. Fue director de la Escuela de Pintura al Aire Libre de la Villa de Guadalupe y miembro del SOTPE. Pintor nacionalista que perteneció a la segunda generación de muralistas, integró el movimiento Estridentista y el grupo 30-30. En 1922 realizó su primer mural Alegoría de la Virgen de Guadalupe a la encáustica, en la Escuela Preparatoria. En 1932 pintó otros murales en el edificio del periódico El Nacional, y en 1933 realizó un gran tablero en el Banco Nacional Hipotecario. Sus composiciones bien logradas se destacan por formas simplificadas y un colorido cálido y elegante.

Nació en 1889 en Oaxaca. Quedó huerfano a los 8 años; a los 18 años asistió a la Escuela de Bellas Artes, antigua Academia de San Carlos. En 1921 fue nombrado Jefe del Departamento de Dibujo Etnográfico del Museo Nacional de Arqueología, y en 1932, ocupó el cargo de Jefe del Departamento de Artes Plásticas de la SEP. En 1936 participó como delegado de la Liga Mexicana de Pintores y Artistas Revolucionarios, en el Congreso de Artistas de Nueva York. Durante los siguientes años pintó de forma independiente; realizó su primera exposición individual en 1926 en México, y en 1937 en Nueva York, donde también fue profesor de la Dalton School. A partir de entonces dividió sus temporadas de residencia entre Nueva York y México, viviendo la mitad en una ciudad y el tiempo restante en la otra. En 1948, se realizó una gran muestra titulada Tamayo, 20 años de su labor pictórica, en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, cerrando con esto una etapa en la trayectoria artística.

De los pintores que integraron la Escuela Mexicana, a diferencia de los otros “tres grandes”, Tamayo no fue un pintor político. Como interpretó Justino Fernández: “No sintió como los muralistas anteriores, el nuevo tiempo como necesidad de un arte monumental, heroico¿ tuvo desde un principio una actitud personal y crítica”.

El origen zapoteca del pintor es una referencia importante para la comprensión de su pintura, ya que, como señaló Isabel Rico, el arte prehispánico es la reinterpretación del mito, que se va traduciendo al idioma plástico y cuya realidad se arraiga en el pensamiento.

De acuerdo a Fernández, Tamayo asimiló con un lenguaje muy personal las experiencias estéticas del postimpresionismo; su obra -de una trayectoria homogénea, más bien precisa-, acusa una influencia de Cezanne y del cubismo en el análisis del espacio. Notable por el manejo de figuras o formas geométricas, realiza una síntesis libre de la perspectiva espacial, conjugación libre y simultáneamente compleja del espacio pictórico, en donde el uso profuso dinámico del color restablece armónicamente el equilibrio.

Sus primeras obras -naturalezas muertas, “mundos poéticos”, temas históricos y alegorías apenas sugeridos- poseen la “libertad refinadamente espontánea de las fieras” , y al mismo tiempo, la construcción cezanniana o del cubismo sintético del complejo espacio bidimensional.

Según Justino Fernández, el primer cuadro -obra de caballete- importante fue Retatro de Olga (1935) en el que destacan especialmente el sentido pleno, original del color. Al mismo año pertenecen Glorificación de Zapata, Llamada de la Revolución, Ritmo de trabajo y otras naturalezas muertas.

Tamayo llegó a una síntesis y a una depuración por sus propios medios y encontró en la pintura bidimensional, y en general, en los principios de Cézanne, el modo más adecuado para destacar su sentido del color, inventando yuxtaposiciones y tonos originales y poéticos, visiones de un nuevo y vigoroso equilibrio. De 1941 a 1946 hay toda una serie de obras en plena posesión de los medios expresivos que había alcanzado hasta entonces.

Los animales entran en el repertorio de Tamayo como elementos simbólicos, organiza con ellos sus metáforas, con formas poéticas y nutrido colorido; éstos “sugieren la expectación¿ perros endiosados y jadeantes contemplan algo que está en lo alto” . Son composiciones equilibradas a base de la sección de oro y de diagonales, y adquieren plena armonía por medio del color.

Los murales de Tamayo

En 1932 se le encargó su primer mural titulado Música, en la Escuela Nacional de Música. En esta obra, terminada en 1933, la música aparece como figura simbólica, tratada humana y poéticamente.

Otro de sus murales, Revolución -Raquel Tibol lo llama El pueblo contra los tiranos-, de 1938 y también trabajado al fresco, fue realizado en el Museo de las Culturas. Se refiere a la lucha armada de México y representa el fin del régimen porfirista. Éste es uno de los pocos ejemplos en los que el pintor hace referencia al tema de la Revolución; en el caso de Tamayo no existe un compromiso personal y así lo demuestran sus obras posteriores. A pesar de que el tema es de contenido político-social, no expresa, como en Orozco, Rivera o Siqueiros, la tragedia del pueblo mexicano. Precisamente en esto radica la importancia y el atractivo de esta obra que, por otro lado, corresponde a una etapa de realismo en la pintura de Tamayo, caracterizada por el uso de tonos terrosos, opacos, así como por el uso limitado del color, compuesto por ocres, grises, cafés, negros, blanco y rojo.

Según los especialistas, ninguno de estos dos murales pueden considerarse obras acabadas. El primer mural que concluyó fue el realizado en 1943, en la biblioteca de arte del Smith College en Northampton, Mass.

De los murales realizados en el Palacio de Bellas Artes, encontramos Nacimiento de nuestra nacionalidad, de 1952. Fue realizado sobre tela de lino en bastidor de gran formato y trabajada con pigmentos de vinelita. Aquí desarrolla un tema frecuente desde los inicios del muralismo: el proceso revisión y búsqueda de la identidad nacional. Tamayo se identifica plenamente con el tema debido a su origen zapoteca; su visión, por lo tanto, parte de la realidad cotidiana para transformarse en poética universal. Milena Koprivitza señaló que el punto de partida para el tratamiento de la alegoría consistió en representar valores culturales europeos y americanos, marco espacial donde sucede un trance irreversible: el alumbramiento de un nuevo ser. El resultado, plenamente logrado aquí, se vincula estrechamente con el tratamiento que el pintor da al pigmento de vinelita como material expresivo plástico. Para ello empleó pocos colores diferentes entre sí. En cambio, juega con un rico, amplio espectro de tonalidades cromáticas que le dan un carácter sutil, de imprecisión en los contornos de las formas, restándoles peso a los volúmenes. Este mural sintetiza el pensamiento de Tamayo, su estilo propio plenamente consolidado que se basa en el manejo extraordinario del color, lleno de luz y de formas que, aunque sujetas al simbolismo narrativo, proyectan una total liberación del realismo.

México de hoy. Realizado en 1953 y trabajado con la misma técnica que el anterior, cierra el paréntesis abierto por Tamayo en Nacimiento de nuestra nacionalidad sobre la perspectiva histórica. Aquí se ocupa de mostrar un resultado constructivo que establece sus fundamentos en el pasado. Llama poderosamente la atención por lo vibrante de la escala de valores cromáticos y por la gama del rosa mexicano, abundante en el arte popular mexicano y especialmente apreciado por el pintor oaxaqueño. Las formas de este mural, en proceso de desintegración, tienden hacia su esencia aun cuando son todavía reconocibles dentro de la naturaleza. En los murales del Palacio de Bellas Artes, Tamayo utilizó un lenguaje formal abstracto.

Los años durante los cuales Tamayo pintó las obras del Palacio de Bellas Artes, fueron decisivos para el marco de una nueva orientación del arte mexicano, así como para la transformación de su propia trayectoria artística. Esta nueva situación correspondió a un cambio social que repercutió en todos los niveles del país; a partir de este momento -con el inicio del sexenio presidencial de Miguel Alemán- se vivirá una etapa desarrollista que estimuló el turismo, la dependencia económica y el intercambio cultural con otros países, en especial con Estados Unidos.

Desde 1949 Tamayo inició una nueva etapa en la internacionalización del arte mexicano. De manera simultánea expuso en Nueva York, Bruselas, París. La renovación de su lenguaje formal significó para la plástica mexicana un nuevo estímulo que atrajo a las generaciones posteriores. Esta cualidad se observa en el manejo explosivo del color, en sus valores luminosos, además del tratamiento de la forma, que parte de la realidad para irla desintegrando sin perder del todo su figurativismo; éste abre un nuevo camino de expresión en la pintura mexicana.